lunes, 5 de julio de 2010

Agridulce

Agarre el álbum de fotos y le quité el polvo. Miles de pequeños ácaros se esparcieron por la habitación, haciendo piruetas por el aire mientras lo abría para ver lo que en tantos años tuve miedo de ver, lo que me causaba tanta tristeza. Pero ya no lo hacía. Hacía tiempo que ya me había deshecho de toda la tristeza. Bueno, de toda no, pero de lo más doloroso, sí. No me arrepiento de nada, pero tampoco me enorgullezco. Pasé la mano por la foto que más recuerdos me traía y sonrio al pensar en sus labios, tan tiernos, tan delicados, tan dulces y seductores. Y me sorprenó al recordar la primera noche, la noche en que se dio cuenta...

La noche era oscura y la luna no quería hacer acto de presencia. Como una sombra, una sutil silueta me adentré en la cocina. Puede que para encontrar un poco de agua y calmar la sed. Puede que para librarme del miedo que me había paralizado esa noche, para deshacerme de mi reciente pesadilla. O puede que sólo fuese porque el destino así lo quiso. Quiso que, al entrar en la estancia me encontrara cara a cara con unos ojos claros, de un color grisáceo que me contemplaban con una curiosa sorpresa.

-Perdón, no quería moles
tar…-dije a la vez que daba la vuelta y me retiraba de la cocina con sigilo.

Pero una mano me agarró por la muñeca,
obligándome a girar bruscamente y haciendo que los dos nos golpearamos suavemente en la cabeza, el uno contra el otro.

-Pero si no molestas –dijo el hombre con voz ronca.- Por favor, que mi presencia no te inquiete –estaba cerca, demasiado cerca. Podía oler su suave aliento de menta, mirarme en las pupilas de sus ojos y notar los duros pectorales de aquel ser humano que hacía que su corazón se le acelerase de una forma totalmente inhumana.

De pronto sinté que me dejaba llevar. Sinti como sus brazos dejaban de hacerme caso y se posaban alrededor del cuello del hombre. Sinti como él me abrazaba y me apretaba contra sí. Y sinti mis labios en los suyos. Suaves, cálidos, tiernos, dulces, delicados… pero a la vez salvajes, indómitos, seductores.


Abrí los ojos y me sorprendi a mí misma pensando en esas cosas. De golpe, cerre el álbum, enfadada conmigo misma por traicionarme, por pensar en algo incorrecto, algo en lo que no debería pensar y se me llenaron los ojos de lágrimas cuando recordé lo que me dijo él el día en que se declaró… y cómo yo había seguido, cómo yo también me había declarado, a mi manera.

-Mierda, Melanie ¿no ves que te quiero? ¿Que te deseo? ¿Que eres para mí como el alcohol para el alcohólico? ¿Qué no puedo vivir sin ti? –esta última frase se le escapó de la boca sin pensar. "Mierda, ya he metido la pata hasta el fondo" pensó sin más miramiento, "Ahora sí que la jodi".

Miró que lo miraba ruborizada con una mirada que destilaba dulzura y confusión. ¿Le querría yo también? Imposible. No, no podía ser.

En ese mismo instante, me acercó a él y le deposité un suave beso en los labios, acto seguido me apartó lentamente y di media vuelta.

-¡Ah! No, no, no. No puedes calentarme de esta manera y dejarme tirado por aquí. Llevo demasiado tiempo
esperando, demasiado tiempo sin poder tocarte, sin poder mirarte, sin poder besarte –dijo a la vez que hundía sus dedos en mi pelo y la acercaba hacia sí.- Demasiado tiempo, Melanie, demasiado tiempo…

No me apartó cuando él me besó con mucha más fiereza y urgencia que otras veces. Tampoco lo hize cuando metió las manos por debajo del suéter y me hizo estremecer como ningún chico nunca logró. Mucho m
enos cuando su lengua tocó mis pezones ni cuando se introdujo en mi interior varios minutos después. Tampoco lo aparte cuando ambos caimos rendidos, presa del orgasmo, ni cuando me desperte y lo vi a mi lado, durmiendo tranquilamente, como si el mundo no fuese mundo y nosotros dos fuesemos los dos únicos seres de la tierra. Es más, cuando se despertó, lo único que quise fue reencontrarme con sus labios, con esos labios que me llenaban hasta la saciedad, con esos labios cuyo dueño había logrado poseerme, hacerme suya y de nadie más.


Sacudi la cabeza una vez más. Esos recuerdos agridulces me hacían cada vez más desdichada. Porque eran agridulces. Porque sabía que no podían volverse a repetir. Porque hubo un tiempo en el que ella lloró su final en los rincones de la casa. Porque al fin y al cabo, todo lo que se me lo enseño el.

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