miércoles, 28 de julio de 2010

El hecho irrefutable de estar encadenada a una cama en un lugar casi idéntico al cual había jugado su venganza le producía pánico. Después de todo, ¿Cuántas posibilidades había de despertar de esa manera por error? No muchas, de eso ella estaba segura.
Maldijo su mala suerte y su estúpido intento de vengarse. Y maldijo también el hecho de que todo hubiese comenzado porque sus palabras, aunque le costara admitirlo, le habían dolido. Y en ese momento había querido cobrárselas golpeando donde más le causaría daño: en su orgullo altanero y frío.
Pero las cosas habían salido indefectiblemente mal, y verlo a él con unas llaves en la puerta de aquella habitación, con una sonrisa socarrona en la cara le hacía confirmar que no parecían querer mejorar.

-Veo que los gatos caen muy pronto en las trampas. Siempre pensé que eran animales un tanto estúpidos. Pero tu peor error fue intentar hacerme frente, ¿O no es así?

-Disculpa mi atrevimiento, pero hasta donde yo tenía entendido los hurones son vegetarianos. ¿Qué haces colocando trampas para gatos?-murmuró ella con una sonrisa arrogante.

Santiago acortó los pasos de distancia que había entre ellos y su sonrisa se amplió aún más. Y ella sabía que una mueca así no podría traer nada bueno consigo.

-¿Has oído hablar de la cruza de animales?-murmuró levantando una ceja-Quizás el huroncito encontró un gato que puede hacerse pasar por una hurón.

-¿Eso implica que soy de tu misma calaña?

Santiago meditó unos segundos lo que ella había preguntado. Teniendo en cuenta lo que había dicho metafóricamente podría entenderse así. ¿Qué era ella para él?
Solo una obsesión. "Solo forma parte de una obsesión creada por mi mala suerte." Pensó con un deje de amargura.

-No sueñes Mariana, porque podrías caer muy rápido de tu nubecilla de ilusiones.

Maru se sintió insultada y ofendida, pero no lo demostró. Ni muerta lo demostraría.

-Entonces deberías dejarme ir. Ve y acuéstate con cualquiera de esas estúpidas con las que te acuestas.

-¿Celosa pequeña?

-Ni en tus mejores sueños.

Santiago carcajeó con una sensación de alegría en el pecho. Sentía que por fin iba a terminar con aquella enfermiza obsesión. Porque era muy similar a eso: una enfermedad. Un padecimiento constante de buscarla con la mirada tan solo para llenar sus pupilas y poder soñar con ella. Una punzada en el pecho que recorría todo su estómago cuando la veía caminar, sin poder alejar la vista de ella. Una fiebre que le hacía calentar su cuerpo cuando ella estaba cerca, cuando tan solo sus ojos gatunos se posaban en él cargados de lujuria.
Era el deseo y la atracción de la química prohibida. Y combinadas con la curiosidad podían causar un muy mal efecto, que le había llevado a eso. A encadenarla. Porque no era una cuestión de venganza. Ya no pensaba en vengarse de ella poseyéndola y dándole la mejor noche de su puta vida para que él siguiera en sus pensamientos a donde quiera que fuese.
Ahora lo hacía por mero gusto, y aunque le hubiese costado mucho admitirlo, la perspectiva de acostarse con ella, de curar su enfermedad le importaba mucho más que una estúpida venganza.
Porque sentía que podría liberarse de ella y no volver a verla más. Se había repetido mil veces en su cabeza que con una sola noche bastaría. Una noche y luego ya no importaría ella. Ya no pensaría en su cuerpo, ya no tendría ganas de sentirla cerca, de rozar su piel con una estrechez sofocante, de escucharla gemir.
Solo una maldita noche y todo volvería a ser como antes.
Ella lo observaba con un terror casi palpable, con esa absurda serenidad que delata una mentira en los ojos. Sabía que estar a merced de cualquier movimiento de Santiago Cirtik no era tranquilizante. Y menos que menos alentador.

-¿Tienes miedo de lo que te pueda llegar a hacer?

-Deberías tenerlo tú, porque si me llegas a tocar te juro que yo…

Y las palabras se perdieron cuando una brusca caricia resbaló entre el encaje del corpiño, rozando su piel con cierto descaro.
Santiago acarició con la yema de sus dedos por entre la tela de la prenda, formando círculos suaves que delineaban sus senos. Maru intentó sofocar el placer aplastante de sentir las manos heladas de él acariciar su pecho con fragilidad.

-¿Que tú que? ¿Qué harás Mariana?-murmuró levantando una ceja con sugestión.

Maru no fue capaz de responder porque en esos momentos apretaba con fuerza sus labios rojos para evitar gemir. Sus manos rodeaban sus senos con grácil destreza, como si estuviera esculpiendo su figura con una perfección pro
fesional.

-Yo no creo que puedas hacer mucho…más que gemir-dijo hundiendo sus dedos en la piel lisa de ella, apretando suavemente su pecho.

Santiago no pudo evitar sentir como la desesperación apresaba su cuerpo al tocarla. Necesitaba hacerla suya, escucharla gemir hasta la saciedad cuanto antes. Y sin embargo no quería apurarse, quería verla pelear contra sí misma, ver como el deseo y la lujuria se apoderaban de su cuerpo y ganaban una batalla perdida contra el orgullo y la necedad. Así que prefirió acariciarla con menos ahínco, y terminar de exponer su teoría: ella no saldría de ahí hasta que él no hubiese obtenido lo que quería.

-Como verás- a Maru aquella voz aún más ronca y gutural que de costumbre le dio escalofríos-Tu amiga ha rechazado la invitación de Pablo, con lo cual nuestro trato quedaría técnicamente anulado. Pero Santiago Cirtik no se queda sin el premio mayor, ¿sabes? Yo siempre consigo lo que quiero. Puede ser antes o después, pero siempre es así.

-Pues vete acostumbrando a tu primera negativa.

Santiago carcajeó con fuerza. Maru nunca lo había visto sonreír de aquella forma. Nunca había visto en sus ojos más que un témpano de hielo imposible de quebrar.

-Creo que no estás entendiendo la situación en la que estás. Te lo explicaré de una forma en que tu complejo de inferioridad mental pueda comprenderlo. Tú estás encadenada a una cama sin defenza, y sobre todo sin ropa. Y yo estoy libre y muy dispuesto a quedar satisfecho esta noche. ¿Necesitas más pistas?

-Oh, ¿Acaso piensas violarme?

Santiago sintió una punzada de placer ante su voz desafiante. No le tenía miedo, ella no temía por lo que él pudiera hacerle. Y eso le llenaba el pecho de orgullo, de una manera un tanto morbosa, eso no podía negarlo. Pero él tenía otros planes en mente.

-No , no te violaré-murmuró buscando bajo la espalda de ella el ganchito del corpiño y desabrochándolo-Porque cuando la acción es consentida por ambos, deja de ser violación.

Y unos segundos más tarde su boca presionó la piel suave de sus senos que antes había tocado. La presión que la razón de Mariana ejercía en su cuerpo dejó de existir en aquel momento tan excitante. Santiago succionaba con cuidado, lamía cada trozo de piel con desesperación y jugaba, utilizando sus manos para tocar sus piernas y su vientre suave y plano.
Maru gimió ante la situación, sintiendo como sucumbía poco a poco a los brazos de Santiago, porque supo, porque sintió en su propio cuerpo, como los labios de él se curvaban en una sonrisa triunfal.
Intentó mover sus manos, romper las cadenas haciendo fuerza. Necesitaba, ahora que le quedaba un miligramo de cordura, alejar la boca de él de su piel, porque no quería sentir la necesidad física de tenerlo dentro suyo, besándola y acariciándola como lo había hecho anteriormente.

-Bas…bas...ta. Por favor-murmuró anhelante. Sabía muy bien que una parte (muy grande) de ella deseaba que él le negara la posibilidad de irse, de escaparse de sus brazos. Pero sabía que terminaría sintiéndose terriblemente mal y se maldeciría por ser tan impulsiva. Mientras que él solo volvería a hacer su vida, olvidándose de ella como si nada.
La mirada de Santiago se congeló nuevamente ante su súplica y por un instante ella temió que fuese capaz de dejarla ir. Pero con un movimiento rápido se posó sobre ella y la besó con violencia, acariciando su cuerpo con mayor fiereza que antes. Mariana sintió el placer arremolinarse de golpe en su estómago y deslizarse por cada poro de su piel. Y el goce se hacía cada vez más urgente, más necesario. Sabía que Santiago no iba a detenerse y ¡Por Merlín! Ella tampoco quería que se detuviera. Sentir como besaba su cuello y deslizaba su lengua sobre él, apretando con su boca el lóbulo de la oreja, quitándose a la par la túnica y el calzado. Mariana volvió a gemir más largamente que antes, sintiendo como su respiración se agitaba más y más y sus pulmones se agrietaban sin culpa. Las manos de él se deslizaban suavemente sobre ella, lisonjeando su cuerpo de a poco, como si intentara disfrutarlo.
Hasta que las manos de Mariana cayeron con un fuerte impulso, lastimándola. Había olvidado que unas cadenas sostenían sus muñecas a la cama, doblegada por el placer y ciega por querer más. Pero ahora las manos acalambradas dolían y sus músculos adormecidos le molestaban. Pero por sobre todo, lo que más le dolió fue que el cuerpo de Santiago se hubiese escurrido rápidamente a un costado de la cama y la estuviese mirando como si nada hubiese ocurrido. Como si todo aquello fuese una charla que había terminado.

-Ya puedes irte.

-¿Qué?-preguntó ella mirándolo, incorporándose a penas. Se fregaba sus muñecas para hacer circular la sangre y su respiración era agitada. Y cuando lo observó mejor se dio cuenta. Cirtik quería que ella le demostrase que también lo deseaba. Y le estaba dando la oportunidad de escapar, a sabiendas de que quería más y estaba deseosa de sentir sus besos. Pero ella no era estúpida y no iba a caer en su juego. No iba a admitir que Santiago Cirtik se había instalado en sus sueños y la torturaba con rondas de sexo que le hacían despertar húmeda y sonriente. No iba a aceptar que a pesar de las batallas ganadas, él había ganado la guerra. Porque todavía le quedaba algo de dignidad, o al menos lo suficiente como para salir de allí intacta.

-De acuerdo-murmuró, alejando su mirada de los ojos grises de él.

-¿¡Que!?

-Me voy.

Los ojos de Santiago se desencajaban de su lugar y la mandíbula se abría y cerraba. Las imágenes que él había imaginado en su mente eran muy distintas: él pensaba que ella se quedaría mirándolo desconcertada, mordiéndose el labio inferior de nerviosismo y enredando sus manos a su cuello, mientras volvía a besarle con ferocidad, incitándolo a acostarse sobre ella. Pero es que él en ningún momento había contemplado la posibilidad de que el orgullo de Mariana Espez pudiera ganarle al deseo contenido e irresistible que ella poseía en su cuerpo. Sin poder creer que el que estuviera juntando lo que quedaba de su ropa y caminando a la salida le producía un vacío tan abrumador, no pudo evitar dejar de pensar cuando levantó su mano y gritó:

-¡No!

Ella se dio vuelta mirándolo una vez más, con una sonrisa socarrona en el rostro, arqueando sus cejas.

-¿Piensas rogar por un poco de sexo? Vamos, hazlo.

Santiago se quedó estático en el lugar, mirando sus ojos con sumo cuidado. ¿Y que hacía ahora? Ella sabía que era su debilidad, y haber tenido la oportunidad y desperdiciado de una manera tan estrepitosa e idiota le hacía sentir pésimo. Pero rogar no estaba en su diccionario y eso sería lo último que haría. Menos que menos por sexo.

-Está bien, vete-murmuró con un deje de amargura, sintiendo su boca pastosa. Se había dado cuenta que su voz temblaba por la rabia contenida. Pero no hacia ella, sino hacia él mismo.

Mariana dio media vuelta y cerró la puerta tras de sí. Se quedó mirando el pasillo oscuro y vacío, seguramente producto del horario nocturno que sería. Todavía en su mente rondaba la misma pregunta, sabiendo que todavía podía arrepentirse. ¿Por qué razón se marchaba si ella quería que él la sedujera y la arrastrara hasta conocer lo más bajo del infierno y lo más alto del paraíso? Sabía que ella lo deseaba, lo hacía casi tanto o más que él. Entonces, ¿Por qué razón huía de allí, si sabía que su mayor temor –que su hermano o alguien más se enterara- no se haría realidad? "Por cobarde" pensó con miedo a que esa respuesta fuese la verdad. "No soy lo suficientemente valiente para enfrentar lo que siento por él." Pero es que tampoco lo sabía con precisión, solo sentía el vaivén de su pecho, que intentaba suavizar un poco su respiración. La sola idea de volver a sentir sus labios rozando su piel le producía una sensación placentera en el cuerpo. ¿A quien quería engañar? Deseaba a Santiago Cirtik con todo su ser y estaba teniendo la oportunidad de su vida.
"Y por cobardía lo voy a perder" pensó con una mueca disgustada. "De acuerdo, más tarde pensaré que siento por él".
Y se volteó, enfrentando la puerta de roble. Apretó el pomo de la puerta, lo giró y decidió entrar a aquel cuarto, donde por fin había alguien que la estaba esperando…

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